Publicado el mayo 16, 2024

En un contexto donde el malestar psicológico es una realidad tangible para muchos argentinos, la respuesta no es simplemente «evitar el estrés». La clave está en entender que tu sistema nervioso es un mecanismo biológico que podés aprender a operar. Este artículo te entrega las palancas fisiológicas directas —el nervio vago, la exposición al frío y la gestión de la luz— para que tomes el control y pases del estado de alerta crónico a un estado de calma y recuperación de forma intencionada, basándote en la ciencia de tu propio cuerpo.

Vivimos tiempos acelerados. La sensación de estar siempre «enchufado», con el corazón un poco más rápido de lo normal y una lista mental de pendientes que nunca termina, se ha vuelto la nueva normalidad. Para muchos en Argentina, esta sensación se magnifica por un contexto de incertidumbre constante. De hecho, no es solo una percepción: datos recientes muestran que casi el 26,7% de los argentinos sintió malestar psicológico en el último año, una cifra que nos obliga a buscar soluciones más allá de las convencionales.

Los consejos habituales como «relajate» o «pensá en positivo» a menudo se sienten vacíos y hasta frustrantes. ¿Cómo «relajarse» a voluntad cuando el cuerpo entero está en modo de alerta máxima? Como neurobiólogo, mi fascinación reside en la increíble plasticidad de nuestro cerebro y sistema nervioso. No somos víctimas pasivas de nuestras respuestas al estrés; somos los operadores de una máquina biológica asombrosamente sofisticada. El problema es que nadie nos dio el manual de instrucciones.

Pero ¿y si la verdadera clave no estuviera en la mente, sino en el cuerpo? ¿Y si, en lugar de intentar convencer a tu cerebro de que se calme, pudieras usar palancas fisiológicas directas para cambiar el interruptor de «lucha o huida» al modo «descanso y digestión»? Este es el enfoque del biohacking: entender los mecanismos subyacentes de tu biología para optimizar tu estado. No se trata de trucos mágicos, sino de aplicar la ciencia de nuestro propio sistema nervioso.

Este artículo es ese manual. No vamos a hablar de generalidades. Vamos a explorar las palancas concretas y científicamente validadas que te permitirán modular tu estado de ánimo y energía. Descubrirás por qué el nervio vago es la llave maestra, cómo una ducha fría puede resetear tu sistema de alerta, y por qué la hora en que realizás tu tarea más difícil puede cambiarlo todo. Prepárate para tomar el control.

A continuación, desglosaremos las estrategias y la ciencia detrás de ellas, permitiéndote navegar con mayor maestría por tu propia biología. Este es el camino para pasar de reaccionar al entorno a regular tu estado interno a voluntad.

Por qué estimular el nervio vago es la llave maestra para bajar las pulsaciones

En la intrincada red de nuestro sistema nervioso, existe un componente que actúa como una superautopista de información entre el cerebro y la mayoría de nuestros órganos vitales: el nervio vago. Este es el actor principal del sistema nervioso parasimpático, la rama responsable de las funciones de «descanso y digestión». Cuando hablamos de «hackear» el sistema nervioso para inducir la calma, estimular este nervio es, sin duda, la acción más directa y poderosa que podemos realizar. Un «tono vagal» alto se asocia con una mejor regulación emocional, menor inflamación y una capacidad superior para relajarse después de un evento estresante.

Piénsalo como el freno de mano de tu sistema de alerta. Cuando el nervio vago está activo, envía señales al cerebro y al corazón para que disminuyan la velocidad. Reduce la frecuencia cardíaca, baja la presión arterial y le dice a tu cuerpo: «Todo está bien, podés relajarte». En un mundo que constantemente activa nuestro sistema simpático (el acelerador), aprender a pisar el freno vagal a voluntad es una habilidad fundamental para el bienestar. La ciencia incluso ha validado su poder en contextos clínicos; por ejemplo, investigaciones argentinas documentaron mejoras en pacientes con artritis reumatoide mediante estimulación eléctrica del nervio, demostrando su potente efecto antiinflamatorio.

Afortunadamente, no necesitás implantes para activar esta poderosa vía neural. Existen técnicas sencillas y accesibles que cualquiera puede practicar para mejorar su tono vagal. La clave está en acciones que involucran la respiración, la vibración en la garganta y los cambios de temperatura. Incorporar estas prácticas en tu rutina diaria es como entrenar un músculo: cuanto más lo hacés, más fuerte y eficiente se vuelve tu respuesta de relajación.

Algunas de las técnicas más efectivas para estimular el nervio vago de forma natural incluyen:

  • Respiración profunda e intencionada: Inhalar durante 4 segundos y, crucialmente, exhalar durante 6 a 8 segundos. La exhalación prolongada es una señal directa para el nervio vago de que no hay peligro.
  • Sonido y vibración: Cantar, tararear o incluso repetir el mantra «om» genera vibraciones en la laringe y la faringe, por donde pasa el nervio vago, estimulándolo suavemente.
  • Exposición controlada al frío: Como veremos en la siguiente sección, el shock de frío activa una respuesta vagal potente. Salpicar agua fría en la cara es un inicio simple.
  • Masajes específicos: Masajear suavemente el cuello, los hombros o los pies puede ayudar a activar las terminaciones nerviosas conectadas al sistema parasimpático.

Cómo el agua helada a la mañana resetea tu sistema de alerta y mejora el ánimo

La idea de empezar el día con una ducha de agua helada puede sonar más a una tortura que a una terapia de bienestar. Sin embargo, desde una perspectiva neurobiológica, este shock térmico controlado es una de las palancas más eficaces para resetear el sistema nervioso y mejorar el estado de ánimo. Cuando el agua fría golpea tu piel, desencadena una cascada de respuestas fisiológicas diseñadas para la supervivencia, que, paradójicamente, terminan por calmarte y energizarte.

El principal mecanismo en juego es el «reflejo de inmersión de los mamíferos». Este reflejo ancestral, que compartimos con ballenas y focas, se activa cuando nuestra cara se expone al frío. Inmediatamente, el sistema nervioso parasimpático toma el control, ralentizando el ritmo cardíaco y redirigiendo el flujo sanguíneo hacia los órganos vitales. Es una activación masiva del nervio vago que frena en seco la respuesta de estrés. El psicólogo Alexis Alderete, especialista en ansiedad, señala que con solo sumergir la cara en agua fría durante 30 segundos se puede lograr esta ralentización cardíaca instantánea.

Persona bajo ducha fría con gotas de agua y expresión de vitalidad

Más allá del efecto calmante inmediato, la exposición regular al frío entrena la resiliencia de tu sistema nervioso. Te enseña a manejar un estresor físico intenso en un entorno controlado, lo que mejora tu capacidad para lidiar con el estrés psicológico del día a día. Además, este hábito tiene beneficios tangibles y medibles. Un estudio realizado en los Países Bajos con más de 3.000 participantes demostró que quienes terminaban su ducha con agua fría reportaron un 29% menos de días de baja por enfermedad. Esto sugiere un fortalecimiento del sistema inmunológico, otro ámbito influenciado por el nervio vago.

No es necesario empezar con cinco minutos bajo el chorro helado. Podés comenzar terminando tu ducha habitual con 30 segundos de agua fría, enfocándote en el pecho y la cara. La clave es la consistencia. Con el tiempo, tu cuerpo se adapta y la sensación de shock inicial es reemplazada por una oleada de energía y claridad mental, una prueba de la increíble plasticidad de tu sistema nervioso.

Modo alerta o modo digestión: en cuál vivís la mayor parte de tu día

Nuestro sistema nervioso autónomo opera en un equilibrio dinámico entre dos modos principales: el sistema simpático (modo alerta) y el sistema parasimpático (modo digestión y descanso). El primero es nuestro acelerador, preparándonos para la «lucha o huida» frente a una amenaza. El segundo es nuestro freno, permitiéndonos recuperarnos, digerir alimentos y regenerarnos. Idealmente, deberíamos alternar fluidamente entre ambos. Sin embargo, en la vida moderna, muchos de nosotros nos hemos quedado atascados en el modo simpático.

Vivir en un estado de alerta crónico significa que tu cuerpo se comporta como si estuviera constantemente bajo amenaza. Tu corazón late más rápido, tu respiración es superficial, tus músculos están tensos y tu sistema digestivo se ralentiza. Esto es útil si te persigue un león, pero es devastador si la «amenaza» es una casilla de correo llena, el tránsito de la General Paz o la incertidumbre económica. Este estado prolongado de hipervigilancia es la base del estrés crónico, la ansiedad y el agotamiento.

Un claro ejemplo de este fenómeno se observa en los centros urbanos. Una investigación de la UCA reveló el «síndrome del trabajador porteño», donde factores como el ruido constante, la inseguridad y los viajes largos en transporte público mantienen el sistema de alerta perpetuamente activado. El estudio encontró que, en 2023, el 30,5% de las mujeres argentinas experimentan síntomas de ansiedad y depresión, siendo más pronunciado en áreas metropolitanas como el conurbano bonaerense.

Para entender mejor en qué modo opera tu cuerpo, es útil conocer las señales distintivas de cada sistema. El siguiente cuadro resume las diferencias fundamentales, como se detalla en un análisis de CuerpoMente.

Sistema Simpático vs Parasimpático: Funciones y Señales
Aspecto Modo Simpático (Alerta) Modo Parasimpático (Digestión)
Función principal Lucha o huida Descanso y digestión
Frecuencia cardíaca Aumenta Disminuye
Respiración Rápida y superficial Lenta y profunda
Digestión Se inhibe Se activa
Pupilas Dilatadas Contraídas
Flujo sanguíneo Hacia músculos Hacia órganos digestivos

Tomar conciencia de estas señales en tu propio cuerpo es el primer paso. ¿Tenés las manos y pies fríos a menudo (señal de flujo sanguíneo en los músculos)? ¿Tu digestión es lenta? ¿Te sentís «acelerado» incluso cuando intentás descansar? Reconocer que estás «atascado» en modo simpático te da el poder de aplicar conscientemente las técnicas (respiración, frío, etc.) para activar el freno parasimpático y recuperar el equilibrio.

El error de mirar pantallas brillantes de noche que confunde a tu cerebro

El nervio vago no solo regula el cuerpo; regula cómo interpretamos el mundo. Una buena tonificación vagal puede ayudarte a ver un problema como un reto, y no como una amenaza.

– Kimberley Wilson, Psicóloga especialista en neurociencia nutricional

Uno de los saboteadores más potentes y subestimados de nuestro sistema nervioso es la luz artificial, especialmente la luz azul de las pantallas por la noche. Durante milenios, nuestro cerebro ha utilizado la luz solar como el principal reloj para regular los ritmos circadianos: los ciclos de sueño-vigilia, la producción de hormonas y los niveles de energía. La luz brillante del día le dice al cerebro: «Es hora de estar alerta, produc í cortisol». La oscuridad de la noche le dice: «Es hora de descansar, produc í melatonina».

El error fundamental que cometemos es exponer nuestros ojos a la luz brillante de celulares, tabletas y televisores justo antes de dormir. Esta luz, rica en el espectro azul, engaña a nuestro cerebro haciéndole creer que todavía es de día. Como resultado, suprime la producción de melatonina, la hormona clave para iniciar y mantener un sueño profundo y reparador. Al mismo tiempo, mantiene elevados los niveles de cortisol, la hormona del estrés. Esto no solo dificulta conciliar el sueño, sino que nos mantiene en un estado de alerta fisiológica, exactamente lo contrario de lo que necesitamos para una recuperación nocturna.

Esta «higiene lumínica» deficiente es una de las principales razones por las que muchas personas duermen las horas recomendadas pero se despiertan sintiéndose agotadas. Su sistema nervioso nunca tuvo la oportunidad de cambiar completamente al modo parasimpático de «reparación». Para contrarrestar esto, es crucial establecer un protocolo de desconexión nocturna que le envíe a tu cerebro las señales correctas para prepararse para el descanso. No se trata solo de apagar los dispositivos, sino de crear un ritual de transición.

Implementar un protocolo claro puede ser la intervención más efectiva para mejorar la calidad de tu sueño y, por ende, la resiliencia de tu sistema nervioso. Aquí tienes un plan de acción práctico, adaptado a nuestras costumbres, para crear tu propia «zona de aterrizaje» nocturna.

Plan de acción: protocolo de desconexión nocturna

  1. Alarma de aterrizaje: Establecer una alarma 1 hora antes de la hora deseada de dormir. Esta es la señal para empezar el ritual de desconexión.
  2. Apagado total: Apagar todos los dispositivos electrónicos (celular, tablet, TV) y, si es posible, dejarlos cargando fuera del dormitorio.
  3. Ritual de transición: Realizar una actividad relajante y analógica. Preparar el mate para la mañana siguiente es un excelente ritual que marca el fin del día.
  4. Respiración consciente: Practicar de 5 a 10 minutos de respiración diafragmática (inhalar por la nariz inflando el abdomen, exhalar lentamente por la boca), una forma directa de activar el nervio vago.
  5. Inmersión analógica: Leer literatura argentina en papel bajo una luz cálida y tenue o escuchar un programa de radio AM. La idea es reemplazar el estímulo visual intenso por uno auditivo o intelectual más suave.

Cuándo hacer la tarea más difícil del día según los picos de atención de tu cerebro

Así como nuestro cuerpo sigue un ciclo de sueño y vigilia de 24 horas, nuestras capacidades cognitivas también fluctúan a lo largo del día. Estos son los ritmos circadianos de la atención y la concentración. Entender tu propio cronotipo —si sos una persona más «alondra» (matutina) o «búho» (vespertina)— y alinear tus tareas más exigentes con tus picos naturales de energía es una forma de biohacking tan simple como poderosa. Trabajar en contra de estos ritmos es como nadar contra la corriente: requiere un esfuerzo enorme y produce resultados mediocres.

Generalmente, la mayoría de las personas experimentan su pico de alerta y concentración analítica entre 2 y 4 horas después de despertarse. Durante este período, los niveles de cortisol están en su punto más alto de forma natural, lo que nos proporciona el impulso necesario para tareas que requieren enfoque profundo, resolución de problemas y toma de decisiones. Este es el momento ideal para «comerse el sapo», es decir, abordar esa tarea compleja que venís postergando. Intentar hacer este mismo trabajo por la tarde, cuando la energía mental decae, es una receta para la frustración y el estrés.

Vista aérea de escritorio con elementos de trabajo organizados según momentos del día

La importancia de adaptar los ritmos de trabajo a la biología individual es tal que incluso ha llegado a ser un tema de salud pública. El Ministerio de Salud argentino, reconociendo que cerca del 60% de la población laboralmente activa presenta algún problema de salud mental, ha lanzado protocolos que enfatizan la necesidad de flexibilizar los horarios laborales. Según el nuevo protocolo oficial de abordaje de salud mental, adaptar la jornada a los ritmos circadianos es una estrategia clave para reducir el estrés ocupacional.

Este desajuste entre los horarios laborales rígidos y la biología individual afecta de manera desproporcionada a ciertos grupos. El Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) señala que las personas de entre 30 y 50 años, a menudo haciendo malabares con responsabilidades laborales y familiares, presentan la mayor incidencia de malestar psicológico. Para ellos, organizar el día de manera estratégica no es un lujo, sino una necesidad para preservar la salud mental. Por la tarde, cuando la energía analítica disminuye, es más productivo dedicarse a tareas más rutinarias, creativas o colaborativas.

Cansancio de viernes o fatiga crónica: cuál es la diferencia que debés conocer

Llegar al viernes sintiéndose completamente agotado es una experiencia casi universal. Pero ¿cómo saber si ese agotamiento es simplemente el resultado de una semana exigente o la señal de algo más profundo? La distinción entre el cansancio normal y la fatiga crónica es crucial, porque sus causas y soluciones son radicalmente diferentes. El cansancio es una respuesta fisiológica normal al esfuerzo físico o mental, mientras que la fatiga crónica es un estado de agotamiento profundo y persistente que no mejora con el descanso.

La principal prueba de fuego para diferenciarlos es la recuperación. Si después de un fin de semana de dormir bien, comer con tranquilidad y realizar actividades placenteras te sentís renovado y con energía para empezar el lunes, probablemente estabas experimentando cansancio acumulado. Tu sistema nervioso simplemente necesitaba la oportunidad de pasar al modo parasimpático para recargarse. Es una señal de que necesitás equilibrar mejor tus períodos de esfuerzo y recuperación durante la semana.

En cambio, si incluso después de dormir 8 o 9 horas y «no hacer nada» todo el fin de semana seguís sintiéndote exhausto, con niebla mental y una pesadez que no se va, podrías estar frente a un cuadro de fatiga crónica. Este estado a menudo indica un sistema nervioso y endocrino desregulado, que ha estado «atascado» en modo alerta durante tanto tiempo que ha agotado sus recursos. Aquí, «descansar más» no es suficiente, porque el cuerpo ha perdido su capacidad de entrar eficientemente en un estado de reparación real.

La fatiga crónica no es «solo psicológica» o «estar en tu cabeza». Investigaciones recientes demuestran una fuerte conexión entre este estado, la permeabilidad intestinal y la inflamación de bajo grado en el cuerpo. Esto significa que un sistema digestivo comprometido (a menudo por el mismo estrés crónico que inhibe la digestión) puede estar contribuyendo a tu falta de energía. Es un círculo vicioso donde el estrés afecta al intestino, y un intestino inflamado perpetúa el estado de fatiga, afectando al cerebro. El abordaje, por lo tanto, debe ser integral, considerando no solo el manejo del estrés, sino también la salud digestiva y la nutrición antiinflamatoria.

Por qué dormir 8 horas no sirve si te despertás 5 veces por micro-despertares

La recomendación de dormir ocho horas por noche está tan arraigada en nuestra cultura que se ha convertido en un dogma. Sin embargo, desde la perspectiva de la neurobiología, la calidad del sueño es mucho más importante que la cantidad. Podés pasar ocho horas en la cama, pero si tu sueño es fragmentado por constantes micro-despertares, tu cerebro y tu sistema nervioso nunca alcanzarán las fases profundas de recuperación que son esenciales para la reparación física y la consolidación de la memoria.

Los micro-despertares son breves interrupciones del sueño, a menudo tan cortas que no las recordás por la mañana. Sin embargo, cada una de ellas es suficiente para sacar a tu cerebro del sueño profundo (ondas lentas) o del sueño REM, reiniciando el ciclo. Las causas son variadas: desde apneas del sueño no diagnosticadas hasta el simple ruido ambiental. Pero en la era digital, uno de los culpables más comunes es nuestro celular. Las vibraciones de notificaciones de WhatsApp o el brillo de la pantalla al encenderse son estímulos suficientes para provocar un micro-despertar, manteniendo tu sistema nervioso en un estado de sub-alerta toda la noche.

El impacto de esta fragmentación del sueño es inmenso. Te despertás sintiéndote como si no hubieras dormido, con poca energía, irritable y con dificultad para concentrarte. A largo plazo, un sueño de mala calidad es un factor de riesgo importante para la ansiedad, la depresión y una desregulación general del sistema nervioso. La frustración es doble: crees que estás «haciendo lo correcto» al acostarte temprano, pero no obtenés los beneficios. Este problema es más común de lo que se cree; un informe del Observatorio de Psicología Social Aplicada de la UBA reveló que el 55,32% de los argentinos que no están en tratamiento psicológico consideran que lo necesitan, una cifra que sin duda está influenciada por la epidemia silenciosa de sueño no reparador.

Para mejorar la calidad del sueño, el foco debe estar en crear un santuario para dormir. Esto implica una oscuridad casi total (usar cortinas black-out o un antifaz), silencio (tapones para los oídos si es necesario) y, sobre todo, una estricta política de «cero tecnología» en el dormitorio. Tratar tu habitación como un lugar sagrado dedicado únicamente al sueño y la intimidad, en lugar de una extensión de tu oficina, es el cambio de mentalidad más importante para garantizar que esas ocho horas en la cama se traduzcan en un descanso verdaderamente reparador.

Puntos clave a recordar

  • Tu estado de calma o alerta no es aleatorio; es regulado por el eje simpático-parasimpático, y podés influir en él.
  • La estimulación del nervio vago a través de técnicas como la respiración con exhalación prolongada es la forma más directa de activar tu «freno» interno.
  • Las intervenciones físicas como la exposición al frío y la gestión de la luz nocturna son «hacks» potentes para resetear tu sistema nervioso y alinear tus ritmos biológicos.

Cómo empezar a meditar sin sentir que estás perdiendo el tiempo o haciéndolo mal

El objetivo no es ‘no pensar’, sino aprender a observar el torbellino de pensamientos sobre el dólar, el futuro, el trabajo sin engancharse.

– Solange Rodríguez Espínola, Doctora en Psicología, coordinadora del ODSA-UCA

La meditación es, sin duda, una de las herramientas más estudiadas y validadas para entrenar el sistema nervioso y fomentar un estado de calma. Sin embargo, para muchos, la idea de «sentarse a no hacer nada» genera más ansiedad que paz. Las principales barreras suelen ser dos creencias erróneas: «no tengo tiempo» y «lo estoy haciendo mal porque no puedo poner la mente en blanco». Es hora de desmitificar la práctica y abordarla desde una perspectiva neurobiológica y pragmática.

Primero, el objetivo de la meditación no es detener los pensamientos. El cerebro está diseñado para pensar, así como el corazón para latir. Intentar «no pensar» es una batalla perdida que solo genera frustración. Como bien lo expresa la Dra. Rodríguez Espínola, el verdadero entrenamiento consiste en cambiar tu relación con los pensamientos. Se trata de desarrollar la capacidad de observarlos como si fueran nubes pasando en el cielo, sin subirte a cada una de ellas. Este acto de «desengancharse» fortalece la corteza prefrontal, el área del cerebro responsable del control ejecutivo y la regulación emocional, y debilita la reactividad de la amígdala, nuestro centro del miedo.

Segundo, no necesitás una hora al día. La neurociencia ha demostrado que incluso 5 o 10 minutos de práctica constante pueden generar cambios estructurales en el cerebro (neuroplasticidad). La consistencia es mucho más importante que la duración. Es preferible meditar 5 minutos todos los días que una hora una vez al mes. Empezá con un objetivo ridículamente fácil de cumplir, como sentarte y enfocarte en tres respiraciones completas. Una vez que eso sea un hábito, podés extenderlo a un minuto, luego a cinco. La idea es construir momentum y asociar la práctica con una sensación de logro, no de fracaso.

Para empezar, olvidate de posturas complicadas o rituales. Simplemente sentate en una silla con la espalda recta, cerrá los ojos y llevá tu atención al aire que entra y sale por tu nariz. Tu mente se va a distraer. Es inevitable. Va a pensar en el trabajo, en lo que tenés que comprar en el supermercado o en la última cotización del dólar. El «ejercicio» no es evitar que se distraiga; el ejercicio es darte cuenta de que se distrajo y, amablemente, sin juzgarte, volver a traer tu atención a la respiración. Cada vez que hacés eso, estás haciendo una «repetición» para el músculo de tu atención y fortaleciendo tu capacidad de autorregulación.

Ahora que conocés las palancas fisiológicas para modular tu sistema nervioso, el siguiente paso es empezar a experimentar. Elegí una de las técnicas presentadas —la respiración, la ducha fría, el protocolo nocturno— y practicala de forma consistente durante una semana. Observá los cambios, por sutiles que sean. El camino para dominar tu biología empieza con un solo paso deliberado.

Preguntas frecuentes sobre cómo hackear el sistema nervioso

¿Cómo diferenciar el cansancio normal de la fatiga crónica?

El cansancio normal desaparece con descanso adecuado, mientras que la fatiga crónica persiste incluso después de dormir. Si te recuperás el fin de semana es cansancio normal; si seguís agotado podría ser fatiga crónica, lo que sugiere una desregulación más profunda del sistema que requiere un abordaje integral.

¿Por qué Argentina tiene niveles tan altos de estrés en la región?

Según informes globales, factores como la incertidumbre económica, el desasosiego y la ansiedad generalizada por el modo de vida contribuyen significativamente. Solo el 68% de los argentinos autoevalúa su estado anímico como bueno o bastante bueno, siendo el índice más bajo de Latinoamérica, lo que refleja un estado de alerta colectivo prolongado.

¿Existe relación entre fatiga crónica e inflamación intestinal?

Sí, la conexión es cada vez más evidente. Existe una correlación directa entre la fatiga crónica, la permeabilidad intestinal («intestino permeable») y la inflamación de bajo grado. El estrés crónico afecta negativamente la salud intestinal, y un intestino inflamado puede perpetuar el estado de fatiga. Esto demuestra que no es solo un problema psicológico, sino que tiene componentes físicos medibles.

Escrito por Valeria Miguens, Consultora de bienestar y psicóloga especializada en gestión del estrés y medicina del sueño con 15 años de experiencia clínica en Buenos Aires. Ayuda a profesionales urbanos a recuperar su equilibrio mental y físico mediante estrategias de mindfulness y hábitos saludables.